Las Agujas de Santa Agueda, un mirador al miedo

El miedo es una de esas sensaciones que te pilla por sorpresa, un instinto básico que nos permite sobrevivir, pero que hoy en día no aflora habitualmente en esa forma a nuestra consciencia. Más bien sale a la superficie como un sentimiento de rechazo, de bloqueo, de límite, de muro hacía una experiencia, hacía algo o hacía alguien. Una proyección que crea la mente en la experiencia externa y que hace salir a los demonios internos. En muchas ocasiones es el director de nuestras vidas. Las Agujas de Santa Agueda, un mirador al miedo, así las viví.

 

“Uno nunca tiene miedo de lo desconocido, uno tiene miedo de lo conocido llegando a un fin.”

Jiddu Krishnamurti

 

Camino hasta el collado de Las Agujas de Santa Agueda.

Empezó como una caminata más, una senda de montaña para reconectar con la naturaleza, pero no fue así. Después de varios meses en que la libertad física nos fue parcialmente arrebatada por la pandemia, el día en Las Agujas se convirtió en digno de recordar. Me encanta la aventura y las emociones, aunque las rocas de Santa Agueda me pillaron desprevenido.

Iniciamos la marcha desde la base del desierto de las Palmas en término de Benicassim, desde donde nos alzamos hasta el collado de las Agujas. En principio fue un camino sencillo de 35 minutos en ligero ascenso (según las señales porque a nosotros nos llevó algo menos), pero nunca me avisó de lo que vendría más tarde. Desde el collado las vistas al mar son de escándalo, así que solo por llegar allí en mi opinión ya vale el desplazamiento.

Las Agujas de Santa Agueda, un mirador al miedo frente al Mediterráneo.

Continuamos la subida y la frondosa vegetación se fue transformando poco a poco en roca. Plantas y árboles que se mostraban exhuberantes tras el descanso que le permitimos los humanos, hacían gala de toda su viveza. Los tonos verde intenso que difícilmente vemos en esta parte del mapa, se convirtieron cariñosamente en colores anaranjados que recubrían la montaña.

En medio de toda aquella piedra predominante aparecían asombrosos alcornoques, que se habían creado un hueco en el barrio, exigiendo disfrutar de aquel espacio. La imagen de las ramas y los brotes verdes atravesando el cielo azul podrían ser perfectamente el motivo de un cuadro impresionista.

La dificultad de la ruta iba en aumento, pero el lugar hacía que quedara absorto por lo que me rodeaba. Avanzaba sin pensar aquello que vendría tras el siguiente paso. Mis ojos podían alcanzar ambas orientaciones. El este donde el azul marino se imponía y el oeste, donde distinguía algunos pueblos de la provincia.

Llegamos a un punto sin retorno, un agujero en el ródeno que se abría paso unos cinco o seis metros, primer punto “conflictivo”. Ayudados con unos anclajes y una cuerda bajamos de uno en uno, era un hueco estrecho y no cabía nadie más. Pasé el último y no me fijé en los pasos que daban mis compañeros, ¡error!. No encontraba el apoyo para mi pie en la piedra y tenía que descender haciendo presión con mi espalda y manos a ambos lados de la brecha. Vamos Raúl, no es nada, tienes una cuerda que te da la mano. Un, dos, tres, listo, primer obstáculo superado.

Encima del Agullot de Santa Águeda y yo sin saberlo.

Pasada la primera barrera natural el camino se presentaba más que interesante. Enseguida y sin tiempo para pensar en lo que había superado, boooom, corte en la piedra con caída libre a los matorrales. Esta vez fue suficiente con un salto atrevido para pasar.

De ahí en adelante todo fue ascenso, un ascenso que se convirtió en escalada sin cuerda o almenos así lo sentí yo. Cada paso que daba me sentía más inquieto, más inseguro, mi confianza se marchaba con el viento. Tan inseguro me sentía, que en lo más alto del ródeno empece a reír, reía a carcajadas, reía de nervios, reía de miedo total. Esa risa evitó que el pánico me atrapara, sirvió de válvula de escape, y tras darme un momento, pisé con pie firme para dar el próximo paso.

El miedo a veces te mete en un callejón sin salida y aunque no lo creamos eso es genial, porque en ese punto solo tendrás una opción, afrontarlo y así transformarte para siempre. Después de abrazarlo tu mirada será muy diferente, todo se habrá transformado, tú te habrás transformado.

A todos nos cuesta, porque el miedo da miedo, y en ocasiones toca darse la vuelta y esperar a que nos vuelva a dar una oportunidad. Pero cuando más miedo da, señala que más cerca estás de conseguir tu sueño, tenlo en cuenta la próxima vez que aparezca.

Y así sin exagerar ni un ápice, aterricé en el Agullot de las Agujas de Santa Agueda ¡qué bárbaro!

 

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